LOS TRES GUARDIANES DE CADA HOMBRE
Henry Cornleius Agrippa
FILOSOFÍA OCULTA (Libro III Capítulo XXII)
No hay hombre sobre la tierra que no tenga como Guardián un demonio Triple y bueno; uno es sagrado, el segundo es de nacimiento, y el tercero es de profesión.
El Demonio sagrado, según la doctrina de los egipcios, no deriva de astros ni planetas, sino de una causa superior, del mismo Dios, dueño de los espíritus, que lo asignó al alma racional en su descenso; ese espíritu es universal, por encima de la naturaleza. Es el director de la vida del alma y presenta siempre buenos pensamientos «la mente, actuando en nosotros sin cesar, comunicándonos la luz, aunque no lo advirtamos siempre; mas una vez libres de pecados, si llevamos una vida tranquila, entonces le reconocemos, se queda con nosotros y nos hace oir su voz aunque antes guardase silencio en nuestra presencia, y se ocupa sin cesar de hacernos llegar a la perfección sagrada. Así, con la ayuda de este demonio podremos torcer la malignidad del destino, y si lo honramos religiosamente con buena- bras y vida santa, como sabemos que Sócrates lo hizo, los platónicos cien que nos da un maravilloso auxilio tanto con sueños como con signos, desviando los males que nos amenazan y conservando y procurando los bienes con gran esmero; por ello los pitagóricos, al entonar sus himnos, por lo común ruegan a Júpiter que los preserve del mal o les diga qué demonio puede cometerlo.
El segundo Demonio es de progenie o nacimiento, llamado también genio; nos llega de la disposición del mundo y del giro de los astros que pasan durante el nacimiento. Hay autores que creen que el alma, a punto de descender en el cuerpo, escoge este guardián en el coro de los demonios y no es dueña de elegirlo como su conductor si él, de su parte, no quiere tomarla bajo su tutela. Este espíritu es el ejecutor y conservador de la vida, la concilia con el cuerpo, la cuida tras comunicarla al cuerpo, y ayuda al hombre a cumplir el oficio al que los poderes celestes lo destinaron al nacer. En consecuencia, todos los que recibieron un genio feliz son virtuosos en sus obras, capaces, fuertes y prósperos; por esa razón los filósofos los llaman afortunados o bien nacidos.
El Demonio de la profesión se recibe de los astros que presiden la profesión o secta a la que pertenece un hombre, y el alma lo escoge tácitamente cuando comienza a usar la elección y una vez que adoptó una regla de vida. Este demonio cambia cuando sobreviene cambio de profesión; entonces, según la dignidad de la profesión, se recibe demonios de profesión más dignos y de orden más elevado, que cuidan sucesivamente del hombre que se adscribe progresivamente tal y tal guardián de profesión a medida que asciende de virtud en virtud. Cuando nuestro empleo conviene a nuestra naturaleza, somos ayudados por un demonio semejante de profesión que se pone de acuerdo con nuestro genio particular, y nuestra vida se torna más tranquila, feliz y próspera; pero cuando nos dedicamos a una profesión que no concuerda con nuestro genio y le desagrada, nuestra vida sólo es dolor y trabajo, dificultada por patrones que no concuerdan. Así sucede que un hombre adelanta en una ciencia, oficio o empleo en poco lapso, sin gran sacrificio, con logros nulos en otras ocupaciones por más sacrificio y esmero que ponga. Y aunque no debe descuidarse ninguna ciencia, ningún arte ni oficio, ninguna vir-tud, sin embargo, para prosperar en la vida y actuar con buen éxito, ante todo habrá que empezar por conocer el propio genio, la propia naturaleza, y qué bien promete la disposición celeste de nacimiento y Dios, soberano dispensador de todas estas cosas que las brinda a cada uno según le place. Habrá que seguir estos principios, practicar esa virtud que eleva y dirige el Soberano distribuidor que hizo descollar a Abraham en la justicia y la clemencia, a Isaac en el temor, y a Jacob en la fuerza, a Moisés en la dulzura y los milagros, a Josué en la guerra, a Fineo en el celo, a David en la religión y la victoria, a Salomón en la ciencia y la celebridad, a Pedro en la fe, a Juan en la caridad, a Santiago en la devoción, a Tomás en la prudencia, a Magdalena en la contemplación, a Marta en el servicio. Cuando se desee avanzar fácilmente en una virtud, habrá que procurar llegar a su perfección para descollar en una cosa, ya que no se puede en todas. No habrá que descuidar en las demás tanto como se pueda; si se es lo suficientemente dichoso de contar con genios de naturaleza y profesión concordantes, se hallará un doble progreso y un acrecentamiento de los bienes de la naturaleza y de los beneficios de la profesión, pero si son discordantes, habrá que seguir al mejor, pues a veces se lograrán más beneficios de una buena profesión que del propio nacimiento.
Soledad Davies, M.A.
Astróloga, Máster en Astronomía Cultural y Astrología (UWTSD, UK) actualmente doctorando en Astrología Ritual en la misma Universidad. Especializada en Astrología, Magia y Esoterismo Occidental. Fundadora y Directora de PsicoCymática.